DESPERTAR AL AMOR

sábado, 12 de agosto de 2017

12 AGOSTO: Dios es mi Padre y Él ama a Su Hijo.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS


LECCIÓN 224


Dios es mi Padre y Él ama a Su Hijo.


1. Mi verdadera Identidad es tan invulnerable, tan sublime e ino­cente, tan gloriosa y espléndida y tan absolutamente benéfica y libre de culpa, que el Cielo la contempla para que ella lo ilumine. 2Ella ilumina también al mundo. 3Mi verdadera Identidad es el regalo que mi Padre me hizo y el que yo a mi vez le hago al mundo. 4No hay otro regalo, salvo éste, que se puede dar o reci­bir. 5Mi verdadera identidad y sólo Ella es la realidad. 6Es el final de las ilusiones. 7Es la verdad.


2. Mi nombre, ¡oh Padre!, todavía te es conocido. 2Yo lo he olvidado, y no sé adónde me dirijo, quién soy, ni qué es lo que debo hacer. 3Recuér­damelo ahora, Padre, pues estoy cansado del mundo que veo. 4Revélame lo que Tú deseas que vea en su lugar.



Instrucciones para la práctica

Propósito: Dar los últimos pasos a Dios. Esperar a que Él dé el último paso.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Tanto tiempo como sea necesario.
Lee la lección.
Utiliza la idea y la oración para dar comienzo al tiempo de quietud. No dependas de las palabras. Utilízalas como una sencilla invitación a Dios para que venga a ti.

·   Siéntate en silencio y espera a Dios. Espera en quieta expectación a que Él se revele a Sí Mismo a ti. Busca únicamente la experiencia de Dios directa, profunda y sin palabras. Estate seguro de Su llegada, y no tengas miedo. Pues Él ha prometido que cuando Le invites, vendrá. Únicamente pides que cumpla Su antigua promesa, que Él quiere cumplir. Estos momentos de quietud son tu regalo a Él.

Recordatorios cada hora: No te olvides.
Da gracias a Dios por haber permanecido contigo y porque siempre estará ahí para contestar tu llamada a Él.

Recordatorios frecuentes: Tan a menudo como sea posible, incluso cada minuto.
Recuerda la idea. Permanece con Dios, deja que Él te ilumine.

Respuesta a la tentación: Cuando te sientas tentado a olvidarte de tu objetivo.
Utiliza la idea del día como una llamada a Dios y desaparecerán todas las tentaciones.

Lectura: Antes de uno de los momentos de práctica del día.

·         Lee lentamente la sección “¿Qué es?”.
·         Piensa en ella durante un rato.

Observaciones generales: Ahora, en esta parte final del año que tú y Jesús habéis pasado juntos, empiezas a alcanzar el objetivo de las prácticas, que es el objetivo del Curso. Jesús está tan cerca que no puedes fracasar. Has recorrido una gran parte del camino. No mires hacia atrás. Fija la mirada en el final del camino. No habrías podido llegar tan lejos si no te hubieses dado cuenta de que quieres conocer a Dios. Y eso es todo lo que se necesita para que Él venga a ti.

Comentario

Estas lecciones nos están ayudando a recordar quiénes somos: el Hijo de Dios. Lo que somos es una Identidad que está mucho más allá de lo que nos podemos imaginar, “tan sublime… que el Cielo la contempla para que ella lo ilumine” (1:1). En la Lección 221 permanecíamos en silencio esperando a Dios “para oírle hablar de lo que nosotros somos” (L.221.2:6). En la 222, aprendimos que lo que somos existe en Dios. En la 223, reconocíamos que no estamos separados, sino que existimos en perfecta unión con Dios. Y ahora, recordamos nuestra verdadera Identidad: Su Hijo. Nuestra identidad “es el final de las ilusiones. Es la verdad” (1:6-7).

La verdad de lo que somos es el final de todas las ilusiones. O, dicho de otra manera, un error acerca de lo que somos es la causa de todas las ilusiones. Lo hemos olvidado, pero en estos momentos de quietud con Dios, Le pedimos que nos lo recuerde, que nos revele esa Identidad. Nuestra Identidad es “sublime e inocente, tan gloriosa y espléndida y tan absolutamente benéfica y libre de culpa…” (1:1). Al leer estas palabras, date cuenta de que nuestra mente consciente lo pone en duda de inmediato, al instante retrocedemos ante el atrevimiento de decir tal cosa. Esto nos demuestra cuánto nos hemos engañado a nosotros mismos, lo bien que nos hemos aprendido nuestras propias mentiras. Sin embargo algo dentro de nosotros, al oír estas palabras, empieza a cantar. Algo dentro de nosotros reconoce la melodía del Cielo y empieza a tararearla al mismo tiempo. Escucha esa melodía. Ponte en contacto con ella. Es tu Ser que responde a la llamada de Dios. Dilo: “Dios es mi Padre y Él ama a Su Hijo”.




¿Qué es el perdón? (Parte 4)

L.pII.1.2:3-4

El pensamiento que no perdona “protege la proyección” (2:3). Nuestra mente, atormentada con su propia culpa, ha proyectado la culpa de nuestra propia condición fuera de nosotros mismos. Hemos encontrado un chivo expiatorio, como Adán hizo con Eva: “La mujer me dio la fruta para que la comiera. Es culpa suya”. Y así nos aferramos a nuestra falta de perdón, queremos encontrar culpa en el otro, porque perdonar y abandonarla sería abrir la puerta del armario que oculta nuestra culpa.

Cuando más nos aferramos a la falta de perdón, más nos cegamos a nosotros mismos. Cuanto más sólidas parecen ser nuestras proyecciones ilusorias, más imposible nos parece verlas de otra manera. Las deformaciones que le imponemos a la realidad se hacen “más sutiles y turbias” (2:3). Nuestras propias mentiras se hacen cada vez más difíciles de ver, “menos susceptibles de ser puestas en duda” (2:3). Todo lo que se nos pide que hagamos es que las pongamos en duda, que pongamos en duda nuestras proyecciones para escuchar a la razón. La falta de perdón le bloquea el camino y refuerza nuestras propias cadenas.


Vemos culpa en otros porque queremos verla ahí (2:4), y queremos verla ahí porque nos evita verla en nuestra propia mente. Y sin embargo, ver la culpa en nosotros mismos es el único modo en que puede sanarse. Si negamos que estamos enfermos, no buscaremos el remedio. Si negamos nuestra propia culpa y la proyectamos en otros, no iremos a la Presencia sanadora dentro de nosotros, que es el único lugar donde puede ser deshecha. Si nuestra mente está cerrada, si no estamos dispuestos a poner en duda nuestra versión de las cosas, estamos cerrando la puerta a nuestra propia sanación. Únicamente al abrir nuestra mente, al soltar nuestro aferramiento a encontrar errores en otros, al admitir que “tiene que haber un camino mejor” (T.2.III.3:6), podemos encontrar nuestra propia liberación.





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